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14 de marzo de 2012

La versión moderna de un cuento chino


     En un tranquilo valle, vivía un matrimonio anciano en una pequeña casa de madera. Los dos ancianos se dedicaban a trabajar la tierra y a cuidar de sus animales como principal fuente de sustento para su vida.
    La mayoría de las tardes, cuando caía el sol caminaban juntos hasta el río para poder pescar algunos peces para la cena. Ella era una gran pescadora y él siempre le acompañaba. Un día cuando regresaban del río, se encontraron a un hombre con aspecto un tanto famélico. Al preocuparse por él, les comentó que por diferentes circunstancias había perdido todo lo que tenía y que se encontraba hambriento. Los dos ancianos no dudaron ni un instante en darle algunos de los peces que habían pescado y el hombre famélico se lo agradeció.
    Al día siguiente, cuando los dos ancianos llegaron a la orilla del río, se encontraron con el hombre famélico. Desde la noche anterior no había comido nada y sentía de nuevo hambre. Cuando los dos ancianos terminaron su pesca, le dieron unos cuantos peces y él lo agradeció.
    Al día siguiente, en el mismo lugar del río se encontraba de nuevo el hombre hambriento. Esta vez, el anciano le dio una caña de pescar y la anciana le enseñó a pescar. Terminada la jornada, el hombre famélico había conseguido unas cuantas capturas.
    En los siguientes días, en la misma orilla del río coincidían cada tarde con el hombre famélico, quién cada vez tenía mejor aspecto debido a la gran ayuda de los ancianos que le habían dado una caña y le habían enseñado a pescar. Ya no pasaba hambre.
“Si das pescado a un hombre hambriento, le nutres una jornada. Si le enseñas a pescar, le nutrirás toda la vida” (Lao Tse).

Querido lector, si piensas que este cuento ya ha terminado y que tú ya te lo sabías, sigue leyendo, que ahora  continúa la adaptación de este cuento a los tiempos modernos:

…Aún no ha acabado el cuento…
    Pasado un tiempo, los dos ancianos se encontraron de nuevo con el hombre al que habían ayudado. Su aspecto había empeorado y volvía a estar famélico. Le preguntaron que qué le pasaba y éste les contestó: vuelvo a tener hambre.
    El hombre famélico les contó lo siguiente:
Me ayudasteis a quitar el hambre porque me disteis una caña y me enseñasteis a pescar, pero un día apareció un hombre de ley que me dijo que para poder pescar en el río necesitaba tener una licencia. Aquel día no pude pescar. No haciendo caso de lo que me dijo el hombre de ley volví a pescar y me pilló, me quitó la caña y todos los peces que había pescado. A pesar de todo, conseguí una nueva caña y volví a pescar. El hombre de ley no volvió a aparecer y mi hambre se fue de nuevo. Pero pasado el tiempo, un buen día llegué a la orilla del río y me encontré a todos los peces muertos flotando en la superficie; una sustancia tóxica los había matado. Tuve que estar una temporada sin poder pescar y pasando hambre. Ayer de nuevo fui al río con intención de pescar porque me habían dicho que volvían a nadar peces en sus aguas y al llegar pude comprobar que el río no tenía orilla, ¡se había secado!: VUELVO A PASAR HAMBRE.

Querido Lao Tse, los tiempos están muy difíciles para hacer realidad tu proverbio.

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