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15 de febrero de 2012

¿Qué pinta en la sociedad el que no es voluntario?

Existe hasta el hartazgo literatura que ataca (habitualmente con razón) los contravalores en boga en la sociedad moderna y no se pregunta por qué los voluntarios, por el hecho de pertenecer a una organización voluntaria, van a quedar vacunados contra el mal que se produce en la sociedad. ¿O hay que pensar que los voluntarios son personas muy diferentes a los que no lo son? ¿Son los voluntarios los buenos y los demás los malos? ¿Es que hay mayor número de solidarios dentro del movimiento voluntario que en la sociedad en general? ¿Hay más justicia, compasión, interés por el otro en el movimiento o fuera de él? Cuando un voluntario termina su labor voluntaria, puede vivir los mismos valores de solidaridad y justicia (o al menos intentarlo) en la sociedad y así contribuir a transformar el mundo en un lugar mejor, incluso con mayor eficacia de lo que lo hace en sus ratos de voluntario. De este modo, el voluntario sería, en cuanto a los valores, un voluntario de todo el día, quizá más potente para cambiar la sociedad y el mundo que si únicamente lo es por unas horas.
¿Acaso  la guerra, la pobreza, la marginación, la injusticia, y todo lo que se quiera añadir, van a desaparecer porque unos cuantos dediquen unas horas semanales a intentar enmendar y recomponer el mal hecho en el resto de tiempo? Parece que todo está organizado de modo que no exista salida. Las relaciones sociales, las nacionales, las internacionales, todo confluye para que no se arreglen nunca los problemas. Éstos, como la energía, se transforman pero nunca se destruyen. Cambian de nombre, a lo sumo, pero aunque hay luces que se encienden, otras se apagan, y así sucesivamente. Se trata de algo parecido a un laberinto sin salida. Así ha sido durante siglos y más siglos y resulta algo dudoso que el movimiento voluntario vaya a conseguir por sí mismo un cambio de naturaleza suficiente para alterar la historia.
Parece, que la única forma de hacer algo por la sociedad, de cambiar el mundo, es a través del voluntariado. Hay que reflexionar entonces y aceptar que esto no es así. Que si el día tiene 24 horas y la semana 7 días, una pequeña aportación voluntaria en una fracción de todo ese tiempo, con ser valiosa, no va a cambiar apenas las cosas. Más importante que ser voluntario, y más perfecto moralmente, es vivir los altos valores todo el tiempo en lugar de sólo durante unas horas. Para ser solidario, justo, compasivo, atento a las necesidades de los otros, no hace falta ser voluntario, ni vale serlo en ciertos momentos de la vida, sino que hace falta vivir con el hábito de la solidaridad, la justicia y la compasión.
No hay que considerar a uno mismo, ni al movimiento, como superiores o mejores que los demás miembros de la sociedad. La ley de voluntariado habla de un reconocimiento del voluntario, qué le vamos a hacer. Quizá debería haberse promulgado primeramente otra ley (con su monumento correspondiente) que reconozca al "solidario desconocido". ¿Cuánta bondad o cúanta ternura y amor al prójimo no hay en millones de personas que nada tienen que ver con el voluntariado? Sería una metedura de pata moral y una memez tenerse por superior o mejor por el hecho de participar en el movimiento voluntario. No hay nada de malo en aspirar a la perfección y a la santidad, pero resulta ridículo aspirar al reconocimiento de ello.

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