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9 de diciembre de 2011

El cóctel de la solidaridad

En una suntuosa coctelera mezclar dos telemaratones, tres festivales benéficos, dos conciertos de rock, un partido de fútbol, dos cenas, tres viajes organizados, cuatro números de cuentas bancarias, y 70 euros. Agitar con cierto sentimiento de culpa hasta que los ingredientes se mezclen bien. Servir frío en vaso ancho y adornar con representantes del mundo político, económico y social. Este cóctel está especialmente indicado para suavizar las conciencias y no produce resacas. En la era de la solidaridad hemos convertido un valor ético en un producto comercial cuya compra-venta varía en función de lo que dicta la moda del momento. Los que promueven la solidaridad la venden como un bien de consumo que la sociedad (de la que todos formamos parte) puede comprar a un precio ridículo si tenemos en cuenta el beneficio que supone para el cliente (prestigio, estatus social, diversión, recompensa emocional, "estar en paz con uno mismo"...). Estamos ante la confusión y el secuestro de un valor ético para acomodarlo a la doble moralidad que impera en nuestro occidente rico, en el que con una mano se da lo que con la otra se quita. ¿Cómo se le dice a la gente que hay que ser solidario a unas horas, en unos espacios, y que el resto del día hay que consumir, competir, sobrevivir, luchar por un empleo, brillar y ser como los famosos, tener y gastar millones, disfrutar a tope de todo...? Pues se le dice y ya está. ¿Que la sociedad quiere ser solidaria?, pues se les deja un sitio durante un rato que lo sean y todos tan contentos. Todo se trivializa y se comercializa, la moda se impone a las masas para que consuman lo que sea aunque el producto original no estuviese pensado para el mercadeo. Por el consumo de la solidaridad, por la moda y la propaganda hacia la reforma social y la justicia en el mundo. No hay nada como promocionar un valor para tenerlo bajo control. Como dice el poeta uruguayo Mario Benedetti en su poema titulado "grietas": "la verdad es que grietas no faltan".

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